Aquarium

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The Ocean is full of noise

Mikel R. Nieto

Al entrar al mar oigo el fantasma de las brazadas y el pataleo de los nadadores, de sus piernas fundidas en una aleta; agito un poco mis pies en la arena para que recuerden si ellos también lo fueron. Imagino dentro del agua cómo se propaga el sonido de sus cuerpos que han vuelto a transformar su naturaleza bípeda en acuática. Escucho romperse las olas que me empujan y siento mi propio peso oponerse al movimiento del agua. Dejo de oír de pronto veo el mosaico el color verde de mi traje de baño decenas de piernas y brazos confundida dentro del agua busco con el cuerpo dar la forma a un grito Si me sumerjo saldré sola a la superficie Nadar es instintivo. En el útero éramos oyentes (no escuchas), en el principio fuimos acuáticos. Aún no respirábamos. Aún no gritábamos. Oíamos (Q). Nuestro oído precedió a nuestra visión y, aunque alguna vez oímos el mundo desde el agua, una vez fuera del mundo uterino, los sonidos del agua pertenecen solo al agua.

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(*) El espectador carece de referentes para interpretar lo que escucha. En el agua somos oyentes nuevos: escuchar una grabación subacuática podría llevarnos a perder la percepción espacial y temporal, puesto que al no reconocer los sonidos no hay prejuicio con respecto a ellos (M). El hidrófono, un micrófono subacuático de invención militar en la Primera Guerra Mundial, usado para identificar la presencia de submarinos, se ha convertido en nuestros oídos dentro del mar. Las grabaciones subacuáticas son muy sugerentes porque son eminentemente abstractas, no se corresponden con la realidad ni su representación (M).

Standing-in-the-Meeting-of-Two-Eternities

Blanca Rego. Standing in the Meeting of Two Eternities.

De algún modo, al intentar saber de dónde vienen los sonidos, los vestigios, todo se convierte en intuición, comparación, metáfora o reminiscencia. (**) Intento no interpretar lo que escucho: percibo. En un grabado que ilustra algunos experimentos hechos en Europa a principios del siglo XIX por un par de físicos para determinar la velocidad del sonido dentro del agua, un hombre sentado en un bote sumerge, a la manera de un anzuelo, un aparato en un lago; su forma de cornetilla es parecida a la de un estetoscopio. Me pongo los audífonos; recargo boca del aparato en mi pecho y comienzo a contar los latidos, luego la llevo hacia mi estómago. El sonido es inmersivo (X). Dentro de mí oigo el agua y si alguien me habitara también la oiría. Su sensación cubriéndome tarda en disiparse; me hace sentir vulnerable. Camino para salir del mar sin haber despegado nunca los pies de la arena. El estruendo de las olas propaga su misterio por la playa hasta perderse como un rumor entre las voces de la vida terrestre.


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