Singer: mapas sin nombres

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Hace mucho no oigo el motor de una Singer. Con la muerte de la gente que amamos van muriendo sonidos a nuestro alrededor: el ruido específico de sus pasos, la música que ponía en las mañanas, los tics o manías al elegir un traste de la cocina. Fue el dolor asociado con el sonido de un motor y una aguja lo que hizo que en mi última sesión de tatuaje recordara su máquina de coser. Así como el tatuador se detenía a limpiar la sangre, la recordaba a ella sacando el pedazo de tela de la máquina para ver la costura de los retazos que iba uniendo. Tenía una obsesión por hacer sábanas y colchas con pedazos de tela, por dar uso a lo que otros desechaban. Cuando miro mapas que delimitan los países asignando un color a cada uno (me da risa que los colores dividan naciones), no veo otra cosa que pedazos de tela unidos por la mano de una costurera. Los retazos podían tener cualquier forma y podían quedar unidos a otro sin mucho orden, pero al final eran enmarcados de manera rectangular. Nunca me llamaron la atención los mapas, fueron solamente como páginas de un cuaderno para colorear. Nunca señalé con el dedo un color o un lugar al que quisiera ir. Para nosotros los viajes eran impensables. Nunca fui educada ni como turista ni como viajera. Ella murió antes de enterarse de cualquiera de mis viajes. Siento que en cierta medida el dolor es lo que me ha hecho viajar. En esos viajes he aprendido a señalar territorios y conocer límites, a fijar objetivos y a descartarlos. Sé que no le interesaría mucho si le dijera que en los viajes mirando mapas pensé en ella. Sé que su obsesión no era con los límites sino con la unión y la protección (y viajar a veces es separarse y desprotegerse). No concibo la idea de una costurera que no sea protectora. De ahí que los retazos y la familia fueran como un mapa sin nombres donde todo es un solo territorio, a pesar de los colores. Quizá los tatuajes nada tienen que ver con esto, o con el hecho de que la ausencia de sus ruidos la mantenga presente, pero pienso también que cuando el tatuador pregunta dónde, hay una razón inconsciente en la respuesta: ésta es la parte rota (ahí viene la aguja). En las costillas llevo un recuerdo suyo. Puedo pensar así (al haber crecido con el mito de que salí de una costilla) que hay algo en mi origen que me duele y es por ello que ahora miro mapas con la idea de que en algún momento las costuras se rompen y sobrevivimos como retazos que, al conseguir su independencia, se erigen como naciones.

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