Literatura para el baño

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El libro vaquero fue lo más cercano a la pornografía para quienes crecimos en los noventa. En aquellos viejos tiempos en que ir al baño era ir a pensar en solitario, estas historietas eran ideales para leerse en privado, no porque uno fuera a hacer otra cosa sino porque el baño era el único lugar en que uno podía cambiar la página —en que se dibujaban las frondosas figuras de las mujeres protagonistas acompañadas de un diálogo ahora risible de algún macho fornido— con confianza e ir así dosificando la lectura de esas historias que se iban poniendo más candentes conforme aumentaba la numeración. Por supuesto, uno conseguía estos libritos a la mala, es decir, tomándolos prestados sin autorización. Creo que ahora el único acto comparable, que provoca secretamente una sensación de suciedad en el alma, al de meterse al baño a leer El libro vaquero, es el de hacerlo celular en mano a stalkear a tu ex. Aun así, pienso que los periódicos, la sección amarilla, las revistas y publicaciones como ésta han guardado desde siempre una relación, que quizá encuentra su motivo en el papel, con el baño —y lo que le compete—: sea porque son el único sitio en que se leen, sea porque algún artículo escrito con mucho esmero acaba sirviendo para recoger la mierda de las mascotas. La escritura y la lectura mucho tienen que ver con el morbo y con la mierda, ya lo sabía Rabelais. 

 

 

 

 

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