La memoria de la imaginación

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En el principio fueron las nubes. Mi madre se quitaba los zapatos, luego yo me zafaba los míos, y descalzas las dos nos recostábamos sobre la hierba. Jugábamos: ella solía elegir, señalar, una nube y después preguntarme qué era lo que yo veía.

Al observar el objetivo de su dedo, aquella masa blanca flotante adquiría alguna forma. Se convertía en conejo, en perro o en lo que fuera de manera precisa y, a la vez, difusa. Enseguida mirábamos la imagen —la nube— contigua, relacionábamos las figuras entre sí e inventábamos una historia que reescribía o borraba el movimiento.

Este juego condenó, condicionó, mi mirada. Me acostumbró a ver las cosas más allá de las cosas, lo que éstas son y lo que no son, pero bien podrían ser. Me enseñó a detenerme y observar, a crear conexiones inmediatas así como premeditadas entre objetos y entidades que, quizá, en apariencia, no las tienen; a conectar, comunicar, lo que veo con lo que pienso y siento. Me enseñó a imaginar y con ello, también, a fabular.

La literatura es, para mí, desde entonces y en muchos sentidos, la memoria de la imaginación: aun ahora esos conejos perviven y me habitan en la cabeza, se acercan y se difuminan bajo un azul profundo que huele a hierba. 

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