Mi costado derecho

Tengo el tatuaje de un pez betta en el costado derecho. Me lo hice en diciembre de 2014, unos días antes de irme a España a presentar mi libro; la cicatrización se completó durante mi viaje y recuerdo que antes de irme pasé noches en vela entre el dolor en el costado y una infección horrible en la garganta que me tenía sin habla. Quien era mi pareja en ese tiempo permaneció esos días conmigo, se despertaba con mis ataques de tos y se levantaba en la madrugada a hacerme algún té o a esperar a que se me pasara. Había momentos en que no podía respirar y me despertaba porque sentía que estaba a punto de ahogarme. Fueron noches terribles para ambos porque ninguno lograba dormir y el contacto físico que teníamos era realmente poco, lo cual volvió en su momento triste la situación porque yo estaba por irme del país.

Tuve que viajar enferma y con la incomodidad del tatuaje, que es el más grande de los que tengo y fue también el más doloroso; recuerdo haberle pedido a Andrés, mi tatuador, que parara varias veces durante la sesión. Él sugirió poner otros detalles y color, pero yo ya no podía más, así que acordamos que regresaría al estudio cuando volviera de viaje, lo cual no pasó. No fue sino hasta este año que programamos una cita que cancelé porque no me sentía lo suficientemente bien: estaba recuperándome de la ruptura con mi ex, adaptándome a la mudanza, desempleada y realmente confundida con respecto a lo que iba a pasar conmigo.

Ese tatuaje representaba para mí el fin de un ciclo. Cuando tenía 19 años me enamoré obsesivamente de uno de mis maestros de la universidad, con quien tuve un romance entre fugaz, intenso e intermitente. Mi enamoramiento duró cerca de cinco años. Él había sido adicto a la coca y a la heroína en su adolescencia y estaba marcado enormemente por su adicción y por lo que tuvo que vivir para dejar de drogarse. Era una persona que tenía la costumbre de aparecer y desaparecer a voluntad, era huidizo e inestable.

En aquel entonces no existían las conexiones 24 horas, por lo que nos enviábamos sms y de vez en cuando hablábamos por Messenger y las menos por teléfono. Nos veíamos realmente muy poco, casi nunca acordábamos conectarnos, más bien a veces nos llegábamos a encontrar y quedábamos para vernos, pero vernos una vez nunca era garantía de que volveríamos a hacerlo. Era difícil porque él vivía en el sur y yo en el norte, así que nuestra citas eran en el centro. Solíamos ir a bailar, a comer, al cine; a veces yo iba a su casa y pasábamos la tarde juntos, nos leíamos fragmentos de novelas, veíamos películas, pero sobre todo escuchábamos música y hablábamos, hablábamos por horas. Después me acompañaba a la estación y nos despedíamos.

Durante la caminata de despedida, él aprovechaba para pasear a su perro, un collie color café con el nombre de un escritor polaco. Su perro era joven entonces, tenía dos años y la vitalidad del animal daba miedo. Para llegar a la estación, teníamos que pasar por un parque, así que nos deteníamos por unos minutos ahí. El perro encontraba una rama, la llevaba a nosotros y se la lanzábamos por cerca de diez minutos. Luego, nos despedíamos con un abrazo largo. A veces él solía agacharse a la altura del perro y desde lejos llegaba a ver que le decía algo al oído mientras me decía adiós y gritaba un te quiero. Yo odiaba que hiciera eso porque al despedirnos me obligaba a mirar hacia atrás. Él sabía que una de las cosas que más odiaba hacer era mirar hacia atrás al irme de un sitio, así que a propósito gritaba para hacerme regresar la mirada. Fue en parte esa acción por la que cuando tuve un perro le puse el nombre de Orfeo.

Desde que comenzamos a salir, él me dijo que no quería una relación así que acordamos dejar de vernos, pero eso no pasó. Cada cita lo fue alargando, haciendo que la situación creciera. Yo solía darle obsequios con regularidad: flores, sobre todo… Era curioso porque nunca le avergonzó que le llevara flores a los sitios donde acordábamos vernos. Se mostraba siempre contento y agradecido con mis regalos.

Intenté escribir varias novelas que fracasaron, por supuesto, y la mayoría de los poemas que escribí por años estaban dedicados a él. Por fortuna todo ese material permaneció inédito y ahora sólo es parte del archivo muerto de una PC. Lo que sucedió durante el tiempo que estuve enamorada de él es simplemente inenarrable. Era consciente de que lo que hacía al conocer a alguna persona era buscarlo a él en los otros y por mucho tiempo el amor fue una enorme decepción.

Recuerdo que lo último que le regalé fue El jardín de la señora Murakami de Mario Bellatin, del que, según sé ahora, hizo su tesis de doctorado. Una imagen de ese libro sintetiza lo que se convirtió para mí en un símbolo de nuestra relación: los peces. Izu Murakami mira el estanque, las carpas doradas nadan y un rayo de sol cae sobre una de ellas, el reflejo de la luz en la escama del pez es cegador. Antes habíamos hecho una especie de correspondencia con relación a los peces. En un par de textos nuestros aparecen peces betta. Él tenía un pez llamado Kafka y a través de la historia del pez me narró por escrito parte de su vida y yo la mía. Él describe en ese texto que cuando murió el pez lo echó al retrete y que le gustaba sentir que algo había quedado después de todo eso; yo pensaba a mi manera que a pesar de la corta vida de los peces hay algunos que logran vivir más de lo que se espera. Decía también que cuando comenzó a escribir acerca del pez, el pez ficticio comenzó a parecerle más interesante que el real. Al final del texto (siempre es de noche al final de los textos) él dice que sabe que ese final que narra no es el final. 

Mi obsesión, viéndolo a distancia, era enferma, pero a ella le debo también haberme dedicado de manera más seria a la escritura en vez de a la academia y a una serie de cosas que cobran significado ahora en mi vida. La última vez que lo vi todavía en un plan de romance fue cuando tuve que sacrificar al perro de mi hermana porque tenía cáncer, y poco tiempo antes cuando fuimos juntos a un concierto. Algunas veces nos encontramos por casualidad en diversos sitios pero cuando todo se había terminado; después de la última vez que nos vimos dejó de contestar mis mensajes y poco después me lo encontré saliendo de un concierto de la mano de alguien más. En algún momento que ya no recuerdo le pedí que se alejara de mí y que no me contestara más los mensajes, que no dejara que me acercara a él porque esa relación me hacía daño. Y así lo hizo.

Este año me invitaron a dar una charla a una preparatoria, cuando busqué la dirección en google maps, di enter y apareció la fotografía del edificio donde él vivía. El día de la charla llegué con anticipación y me quedé un rato sentada en el parque donde jugábamos con el perro. La puerta de la escuela está justo enfrente de la entrada al edificio, cuando toqué la puerta de la escuela, me giré para mirar la ventana en el segundo piso. Varias veces miré a los estudiantes desde esa ventana, vi a través de las ramas del árbol el edificio al que estaba a punto de entrar. “Todo cambia y se transforma”, pensé al salir de ahí y recorrer el camino hacia la estación por mi cuenta. A diferencia de la última vez que estuve ahí nadie gritó nada y no tuve razón alguna para mirar hacia atrás. 

 

 

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