Otro yo

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Toda separación deja abierto el imaginario de lo que no fue pero que podría ser y no es: (aquí parafraseo lo que dice Pamuk sobre sí mismo en Estambul) cada vez que estaba triste, imaginaba a otro yo que vivía esa vida que no pude vivir, que habitaba ese país y esa casa que yo no pude habitar, que besaba a ese hombre que yo no estoy besando, que lo mira todos los días, como yo no lo hice nunca; a un otro dueño de las posibilidades que no fueron posibles o al menos de una de ellas, la que rechacé al elegir la vida que tengo ahora. E imagino que la infelicidad de la que soy víctima (o responsable) existe como contraposición de la vida que no elegí vivir. Pero es también gracias a ello que mi felicidad acontece a ratos como resultado de haber renunciado a esa otra vida.

La felicidad de mis ex parejas, por ejemplo, también es posible puesto que no están conmigo y a que en su momento (aquí habla el ego) lo han estado. Un cliché cinematográfico es la escena donde alguno de los personajes se encuentra con su ex y observa el presente de éste con cierta nostalgia: en algunas de ellas vemos hijos, esposos, historias de amor consumadas que se enfrentan al pasado o a historias imperfectas; en esa escena con regularidad se le muestra al personaje la vida a la que renunció. El efecto mariposa explota el imaginario de las posibilidades, de que “cualquier vida es mejor que la que estoy viviendo ahora”, o de que “sería feliz si hubiese elegido otro camino”. 

Pamuk habla en sus memorias de ese doble que más que ser un doble es simplemente otro que no se es, de la posibilidad de otro yo en otra ciudad, pero también de la imposibilidad,  de que ésta, la que se vive ahora, es la única de las posibilidades porque es la que (de tener suerte) he decidido vivir. Como el cine, la literatura también se alimenta de las posibilidades y las imposibilidades, de todo lo que no pudo ser, no ha sido y no será, de las utopias.

Thomas Mann habla constantemente en sus novelas de la renuncia y en algunos casos más que narrar lo que han elegido sus personajes, se detiene a enumerar a lo que han renunciado. Muchas de estas renuncias tienen, por supuesto, un carácter moral: elegir el bien común ante el bien propio; las pruebas a las que era sometido el personaje mostrarían sus debilidades pero al final dejarían ver la fortaleza de su espíritu. Como lectores y, por tanto, como jueces no es difícil nunca identificar qué personajes están encarnando qué lado de la virtud, porque a saber en sus acciones se hace evidente su espíritu. Aun así la vida que no eligen se hace presente en su imaginación. Soy partidaria de que uno se atenga con valentía a lo real sin inquietarse por lo posible, dice Carlota al hablar del joven Werther y renuente a la exaltación que provoca en los sentidos pensar en esa otra vida que no vivimos.

La felicidad pocas veces provoca incomodidad, y eso también es parte de la narrativa de Pamuk: el deseo de eternizar los momentos felices, los momentos en que no nos pasa siquiera por la cabeza el imaginar ser otro distinto del que somos en ese momento, de tener otra pareja que no sea la que está a nuestro lado, de estar en otra ciudad que no sea en la que estamos. La felicidad nos hace vivir en el presente. En cambio la tristeza nos incomoda, nos coloca en todos los sitios, en todas las ciudades, con todos los hombres o todas las mujeres, nos hace desear ser otros distintos de los que somos, nos encuentra con nuestra alteridad. 

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