Faith

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Debería poder descolgarse una fotografía con la facilidad con la que se cuelga. Pero el sentimiento de querer hacer presente una ausencia se opone al de desear ausentar (ahuyentar) una presencia. Lo mismo pasa con el propio acto de poner frente al de quitar, el de escribir al de borrar. La fotografía, se sabe y así se reproduce desde un aspecto etimológico, es hija de la luz. Mientras que la ausencia, la borradura, diría Quignard, lo es de la oscuridad. Una señal de luto es borrar fotografías: llevar hacia la oscuridad lo que alguna vez fue producto de la luz, pues en su carácter atemporal las fotografías eternizan un momento que emocionalmente ha caducado. O un momento que al seguir emocionalmente presente buscamos arrastrar hacia el olvido por medio de la supresión. Estamos ligados emocionalmente a las imágenes y eso hace que el acto de colgar o descolgar una fotografía se vuelva simbólico. Nos conmueve aquello que está expuesto por elección en nuestro espacio, es además una imagen que queremos compartir con otros, una emoción que se ha quedado inmóvil y que trata de desafiar al tiempo. Es por ello que descolgar o borrar una fotografía puede también ser una herejía, pues su fin es que, pese a todo, aquello que fue hecho por la luz se conserve eternamente a la luz. 

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