Were We Once Lovers?

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Casi a finales de 2013 cruzaba un puente de noche con los audífonos puestos cuando un tipo que iba en la dirección contraria me abrazó, me arrinconó y puso una navaja en mi costado para asaltarme. Me pidió que le diera el teléfono, pero mi primera reacción fue quitarme los audífonos —nunca olvidaré que el shuffle había puesto “Si tú no vuelves” de Miguel Bosé— y darle el Ipod con la música todavía sonando, ya que intuí que lo que quería era el aparato al que estaban conectados los auriculares; y luego el teléfono.

Me acuerdo de que después de que me dijera al oído “te me vas a ir calladita, sin gritar o regreso y te reviento” mientras me dejaba ir, vi al tipo apagar la música y enrollar el cable de los audífonos en el Ipod, después el celular. En realidad el teléfono me importaba poco, pero sentí que con el Ipod no se llevaba un aparato sino la burbuja que había creado con la música que ahí almacené tras muchas búsquedas y horas de descargas. Con mis listas también se llevaba parte de mi mundo sentimental. 

Antes de que eso pasara solía salir de casa o de la oficina, me subía al autobús, al suburbano o al metro y mi primera acción era escoger una lista y ponerme los audífonos para evitar los cláxones seguidos de frases vulgares, los gritos de los vendedores o los cacharpos, la música a todo volumen de los conductores, el estruendo de los vagones, las conversaciones de la gente, sus llamadas telefónicas, y, en fin, para hacerle frente el ruido. La música me protegía.

Después de ese incidente me mudé para no tener que cruzar ese puente —que afortunadamente hace poco destruyeron— de noche y dejé de usar audífonos en la calle. No volví a comprarme un Ipod y la música portátil poco a poco dejó de tener sentido, ya que dada la situación en el país lo mejor era tener los sentidos abiertos y estar alerta todo el tiempo, no importando dónde. Mis oídos comenzaron a protegerme.

Me volví entonces melómana sedentaria: comencé a escuchar música sólo en casa o en la oficina, el tiempo que estuve en una oficina. Incluso dejé de ponerme los audífonos en autobuses o en aviones, dado que dejé de copiar música en mi teléfono, ya que no suelo escucharla; y porque supongo que inconscientemente le jodí la entrada de los audífonos a mi teléfono para no sucumbir a la tentación.

Los auriculares cayeron en desuso en mi vida. A ratos me cuesta creer que haya dejado esa especie de adicción a traerlos puestos, y recuerdo con risa cuando avanzado el camino a la parada del camión me daba cuenta de que los había olvidado y enseguida hacía una rabieta que auguraba no sólo un viaje largo tanto de ida a mi destino como de vuelta, sino un día largo en la escuela o el trabajo. Tuve que acostumbrarme a los viajes sin música. 

En enero del año pasado mi papá me regaló unos audífonos que permanecieron un año empaquetados. Y en mi último viaje olvidé llevarlos. Alguna vez me vi tentada a comprar unos de emergencia, pero en realidad no sentí que me hicieran falta. En el vuelo de ida a Frankfurt en octubre del año pasado nos dieron unos audífonos de chícharo de un plástico cuyas características hacían sentir que uno tenía metido un pie de Barbie chafa en las orejas. Aun así, me los puse para navegar en la selección musical del avión.

La primera canción que seleccioné, antes de llegar a los Tindersticks, fue “Secret” de Madonna, que repetí varias veces. Ya luego di con The Waiting Room, en el que me quedé buena parte del viaje, el tiempo que soporté traer los audífonos puestos. No sé cuántas veces repetí “Were We Once Lovers?”: I cannot give what’s killing me/ I cannot care if it is the care that is killing me/ I cannot care if it is the care that is killing me/ I cannot care if it is the care that is killing me. 

En el avión sentí una especie de nostalgia. Recordé las veces en que la música se había vuelto una caja de la memoria y pensé que muchos episodios de los últimos años de mi vida se han quedado sin soundtrack; es más, creo que he perdido ese poder —y se lo he quitado también al shuffle— de dictarme un estado anímico en los viajes por medio de la música.

Al volver de Madrid hace unas semanas, traté de armar una playlist con canciones que me recordaran los lugares que visité. No pude, no tenía nada en la cabeza. Una de las pocas canciones que pude incluir era la de los Tindersticks que se acompaña de una molestia en las orejas a causa de los audífonos de la aerolínea, un par de Madonna, una de Sam Smith y de los Red Hot Chilli Peppers; estas últimas poco sustanciales.

El jueves pasado en la presentación de Oscuro entre nosotros, Manuel Illanes hizo algunos comentarios en los que mencionó que el Estado de México estaba representado como un lugar amenazante en donde la violencia irrumpía en las actividades cotidianas más inofensivas como caminar en la calle o subir a un autobús. Creo que a pesar de tener consciencia de cómo aquel asalto cambió mi manera de dirigirme en la calle y en los viajes diarios o extraordinarios, hasta ahora nunca me había puesto a hacer una reflexión más profunda de qué es lo que aquel tipo me había robado aquel día. Pero también de lo que había resultado de ello, una escucha mucho más atenta: estar en el espacio que habito por medio de sus ruidos y sus sonidos. 

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