Caja negra que se llame como a mí

Desde los primeros versos de Caja negra que se llame como a mí de Diana Garza Islas, el lector advierte que se establecen varios juegos. Uno de ellos parte del lenguaje; otro de la idea de las cajas, sus tipos y formas, como oportunidades para organizar contenidos, como contenedores en los que se vacían significados e imágenes de un universo común e íntimo. Además de algo esencial: la visión de estas como un trozo de papel que al ser doblado de infinitas maneras, crea espacios y estructuras que puedan ser habitadas por referentes, sustancias u objetos de distinta naturaleza.

El libro se divide de seis cajas que, en conjunto, fungen como un solo archivo a revisar: “Caja que es también una caja de hielo”, “Caja de flechas para quemar”, “Caja para rotular lo bebible de una manzana con cuerpo de vidrio”, “Caja a dibujarse con una caja adentro”, “Caja que soñó con hélices láctea” y “Caja de miel (ejemplo)”. Cada una de ellas contiene una serie de poemas construidos por el diálogo de varias voces que hacen uso del verso y de la prosa, y que experimentan con múltiples métricas y tonalidades. Sin embargo, en este panal es posible reconocer principalmente dos voces: la de la madre y la del hijo, quienes tienen una relación familiar con las formas y los sonidos de su lenguaje: comparten una lengua y hacen de ella un hogar. En cierta medida, los poemas son un registro de su creación en la que se inscribe una genealogía de los nombres y se cuenta su historia a partir de lo que han nombrado.

Seguir leyendo en Tierra Adentro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s