Aquarium

Quería hundir mi cabeza
en tu pecho como en un cubo
de agua, ahí no haría falta
salir otra vez a la superficie.

Igual que el día que miramos
algunos peces del Cantábrico
nadar en círculos por su bóveda.

Todo era más claro entonces
bajo el azul neón de las peceras:

que a los barcos les entristece
la mínima falta de turbulencia;

los tonos del mar en las ventanas,
la forma de la Playa de La Concha;

que nuestros cuerpos eran sombras
a la luz y el movimiento de esos seres.

Ahí se nos enseñó a mirar de nuevo
aquella transparencia en la corriente
y en los tentáculos de las medusas;

que el silencio es la belleza
más codiciada de un acuario

y el invertebrado
que late
en nosotros

es un combustible descubierto
en lo más profundo de la Tierra
hace miles de millones de años.

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