Turista

Al embarcar con la mochila en la espalda, siento la tentación de compararme con Ulises, porque todavía no es heroína una mujer que, no por un rapto o un secuestro o para ir a comprar flores, haya dejado su hogar durante veinte años. O no la conozco o no la recuerdo.

Entre otros turistas, me desmitifico:
no voy a una gran guerra
ni a salvar el honor de un pueblo.
Y ese tiempo, para mí, es demasiado.

Mi deseo es egoísta y simple: y no es hacer literatura de viajes, tampoco es presumir que ya camino sola e incluso sé amarrarme las agujetas. Es más
como cuando llego a casa,
me quito la chamarra,
dejo las llaves en la mesa
y me voy desvistiendo en silencio
conforme más adentro estoy,
hasta quedar desnuda.

Así, pero sin país ni casa,
silenciando otra lengua,
hasta que Nadie es mi nombre.

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