Dos poemas

CAZA

Una vez que no hubo
hombre que saliera a cazar,
fue la crianza, el corral y el huerto:
sembramos el huevo y la semilla.
Fuimos proveedor y madre,
construimos y mantuvimos
la casa, la caza, la crianza.

Fuimos la que hila y viste,
la que bendice y baña,
la que arrulla y vela;
quien recibe el golpe
para heredarlo al hijo
(siempre un animal pasivo).

En un acto de leal
amor a un nombre perpetuamos
por generaciones
una historia de violencia.

Has fallado si el semental
se ha ido: es tu culpa
o es la culpa de otra,
más mujer (menos hombre).

Reinventé para salvarme
el mito. Eliminé de los libros,
de las guerras y las metamorfosis,
los raptos y las violaciones;
e hice que Atlas fuese femenino.
Si no me crees, mírala de nuevo,
observa cómo a sus espaldas
se mece en un rebozo un niño.

 

*

 

MISERICORDIA

No estoy jugando, advertía abanderando un zapato roto, descalzado con coraje. Parada en un solo pie avanzaba dando brincos como uno de sus canarios condenados a la jaula. Yo me cubría los ojos y comenzaba a contar uno, dos, tres… hasta sentir el ardor de la suela en el culo. ¡Basta!, gritaba entonces y me reía. Era necesario no abandonar la imaginación al recibir los golpes. De un extraño modo, la soberbia me ha hecho elegir la risa al llanto: un alivio que sólo es capaz de sentir el absuelto al pensar, vanidosamente, en el pecado.

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