Love Song

 

Till human voices wake us, and we drown.
T. S. ELIOT

Después de descansar
como un par de pacientes anestesiados,
despertamos con el golpeteo
de las hojas de los árboles en la ventana.
Escucha ese sonido, dices,
aun cuando la mañana no ha comenzado
porque los gallos se extinguieron
y apenas se oye un ave
que grita apresurada a lo lejos
y sin saber hasta dónde llega su aviso.

Luego del ave, la lluvia crece
y lo que se oye son piedras
rompiéndose contra el asfalto
que comienza a temblar, a llevar
aquel sonido al fondo de la ciudad
para hacerlo emerger desde otro margen.

En unas horas tenemos que salir,
aunque el sol no lo haga antes.
Ese sonido me hace saber
que por ahora estamos dentro,
y me cubro de nuevo hasta la cabeza
como un muerto que por mano propia
se cubre para acostumbrarse a su entierro.

Tú cierras los ojos y vuelves
a ser una sombra descansando
de sí misma; la noche te ha dejado
agotado de ser un animal
que bufa para morir con algo
de placer: esta tristeza
es más antigua que nosotros,
el lenguaje que la antecede también.

En unas horas tenemos que salir,
pero hay tiempo para un sueño más,
para oír cómo el mundo se va levantando
sin nosotros. Allá está la guerra, 
del otro lado; aquí hay dos
que reposan como si estuvieran
inmersos, no necesitaran oxígeno
y no les interesara llegar a ninguna orilla,
igual que esos cadáveres apilados en fosas
donde el día y la noche ya no se distinguen
a no ser que un sonido como el golpe
de una pala contra la tierra sea capaz
de cimbrarla o de abrirla como una noticia.
Para amar se debería tener la persistencia
de las madres que reclaman como perras hambrientas
la justicia; que levantan las piedras y el estiércol sin guantes, 
que se acuestan con las manos y los ojos sangrando
y para quienes dormir, amanecer y estar de pie
significan algo distinto, para quienes tienen
que reaprender a diario cómo hacer cada cosa
y amarrarse antes que las agujetas, las entrañas,
pues es lo único que resta para no perder el juicio.

Algo recuperamos cuando volvemos a ser animales,
al ser bestias la violencia más vital regresa a nosotros:
el deseo de matar por hambre, pero también a todos
aquellos que sólo por divertirse nos hacen daño.

Esto es lo que pasa en cualquier país en guerra,
dijiste anoche y al sentir tu boca en la mía
recordé las lenguas mutiladas por los asesinos
y volví a besarte como un molusco de postal japonesa,
e iniciamos otro tipo de lucha que me hizo creer
que entonces el amor estaría afuera. A tu lado
me sentía todavía retozando como una puerca
que ha recordado de pronto el sentido de su vida,
y dormí con la tristeza del que está satisfecho
hasta que el ruido me hizo abrir los ojos de nuevo.

Aún con la lluvia y el sueño pegado a la nuca
regresé más tarde al mundo,
donde el panadero sacaba del horno las charolas
e iba ordenándolas en los aparadores esperando,
a la par que la nota roja, al primer cliente del día.

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