Balthus

Al llegar al jardín, el gato
descarga la mandíbula: una paloma
gorda y blanca rueda, con la destreza
del anillo que lleva ajustado
a la pata, por la hierba;
y como un asesino impecable,
sin rastro alguno de sangre
en el hocico (trozar el pescuezo
basta), bosteza un maullido
y asciende luego de nuevo
por el árbol que le sirve
de escalera hasta el filo
de un muro _equilibrista_
y desaparece del escenario
sin pena, pausa ni prisa,
porque el cadáver y el aplauso
ya no son asunto suyo.

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