Carnicería

A los pies de los carniceros
la pureza de la sangre
confundida con el agua
y la mugre ya no importaba.

Cuando no teníamos nada
qué sacrificar, sorteando los charcos,
recorríamos los pasillos del mercado
con una bolsa colgada en cada brazo.

Echábamos una mirada rápida
a los miembros fuera de sus cuerpos,
a las cabezas y las hierbas recién cortadas,
hasta que, después de una larga búsqueda,
parábamos en un cuarto
donde reclamábamos entre los gritos
de otras mujeres, a gritos,
alguno de esos cadáveres como nuestro.

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