Rastro

El olfato es violento
como el ruido. Las manos
absorben el olor de lo que tocan,
así también se conserva el aroma
de la comida en las vajillas
y los vasos. Todo lo que contiene
guarda la esencia de lo contenido,
e intentando que lo que he tocado
no toque lo que tocaré, me llevo
las manos a la boca como si fuese
a beber agua que recogí de un río,
en el que me he lavado
como una Macbeth que siente
que la sangre es una mancha
cuyo olor todos los olores
no podrían deshacer.
Si esta fresa tuviera olfato,
olería lo que ha sido cortado antes
en esta tabla, lo que ha cercenado
este cuchillo; olería la sangre
del perro que murió esta mañana
en mis manos, y tal vez me miraría
con desconfianza al saber
que una hora después con ellas
me llevé un trozo de pan a la boca.
De haber seguido vivo, el perro,
en cambio, hubiese disfrutado
ser acariciado con el olor de la comida;
no hubiese tenido que usar
el sentido que lo hacía perro
en el tufo de su propia sangre.
Pero como una perra que intenta seguir
un rastro para volver de donde vino,
olfateo de nuevo mis manos y sé
que por más que intente limpiarlo,
el aroma de la sangre tocará todo
lo que de ahora en adelante tocaré.

 

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