Día de Muertos

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Todos los años íbamos al panteón. Preparábamos lo necesario: las latas grandes de chiles jalapeños que sobraban de la tienda y los botes de pintura blanca con que cada año le daban un retoque a la casa, unos para acomodar las flores en las tumbas, otros para acarrear el agua desde la pileta. María Eugenia, la tía que murió de cáncer el 2 de noviembre de 2013, llevaba a mi abuela en su camioneta de carga a comprar un arsenal de flores blancas, sobre todo nubes. La mayoría de esas flores eran para Miguel, el hijo al que atropellaron frente a su casa cuando tenía 4 años, y por el cual mi hermano mayor se llama como se llama. Muy temprano el primer día de noviembre nos levantábamos y ayudábamos con las palas, a acomodar las flores y a repartir las cubetas en los carros, mis tíos pasaban por nosotras para llevarnos. Ellos se encargaban del agua. Nosotras de quitar la maleza de las tumbas y de reacomodar la tierra; también de lavar las cruces y retocarlas con barniz de uñas blanco: la primera era la del niño. Se llenaban cinco coches de tíos y sobrinos para visitar a los muertos, que se fueron acumulando con los años en el mismo panteón, cerca de la casa. Lo que más me gustaba era que visitáramos el área de niños, donde se veían juguetes y globos, ir sorteando las lápidas para no pisar a los muertos: los colores y los tipos diferentes de flores, los diseños de las tumbas. También que bajo el sol y tocando con las manos aquella tierra, la muerte no parecía un hecho tan amargo. Una vez limpia la cruz y abultada la tierra, la regábamos e íbamos encajando en ella las latas, luego poníamos dentro agua, hasta la mitad, trozábamos el lazo con el que estaban amarradas las flores, cortábamos los tallos y hacíamos otro ramo más pequeño, que cupiera en los floreros improvisados. Al acabar nos quedábamos todos de pie alrededor de la tumba, observándola y perfeccionando los arreglos, mi abuela rezaba un poco (los rezos tenían siempre como fondo música norteña), nos enjugábamos las manos sobre las flores y nos persignábamos como despedida. Luego íbamos con el siguiente muerto, pero para los adultos todo ya era menos ceremonioso. A veces nos sobraban flores que dejábamos sobre alguna tumba abandonada. Al final lavábamos todos los utensilios para llevarnos menos tierra panteonera con nosotros. Luego volvíamos a la casa y comíamos juntos: arroz con mole y pollo.

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