Medio cuerpo

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He estado con varios hombres dentro del agua. Con esa imagen estúpida del otro sosteniéndote, dándote seguridad o haciendo de salvavidas. Varios hombres me arrojaron al agua para hacerme perder el miedo, pero nunca dejaron de estar cerca para salvarme, en caso de que lo necesitara. Sus cuerpos eran diferentes, pero por su estatura la mayoría podía llegar más lejos sin ahogarse. Tenían una facilidad envidiable para deslizarse de una orilla a otra, de ir mar adentro sin temor alguno. Yo siempre preferí entonces mirarlos de lejos, con medio cuerpo apenas dentro del agua, con el temor de despegar los pies y no volver a tocar nunca la tierra. Uno de ellos vivía cerca de una bahía, su casa tenía un camino directo hacia ella. Más allá había estanques y más allá el océano. A él lo recuerdo porque fue con él con quien nadé por primera vez fuera de una alberca. Para entonces ya no necesitaba que me sostuvieran ni que me salvaran y ya no temía si quien estaba conmigo adentro se alejaba hasta que dejara de verlo. Una tarde nos quedamos flotando en la bahía desierta, con distancia vital el uno del otro. Él estaba desnudo: era muy alto, de piel morena y ojos verdes. Nadaba de dorso, pero no recargaba nunca la cabeza para poder seguir mirando su dirección. En el agua pasamos largos ratos en silencio. En el océano, sin embargo, la fuerza de las olas nos hacía permanecer juntos diciendo alguna tontería. Aun así, al salir algo se desequilibraba, por la tensión anticipada de quien sabe que pronto va a separarse. Después de que eso pasó, él eligió el silencio. Dijo luego, escuetamente, que las fotografías que había tomado, algunas de nosotros juntos, se habían velado, por un error de la cámara o tal vez suyo. Dijo también, con algo de pesar, en su lengua paterna: Patricia, estoy tratando de distanciarme de ti, eso cuando llevábamos más de un mes lejos. Luego, otro cliché: Cuando te fuiste encontré a alguien… En mi cabeza aquella relación era algo parecido al agua: yo acababa de aprender a nadar y por primera vez en mucho tiempo no sentía la necesidad de asirme ni el miedo a caer de boca contra el piso. Luego de sus explicaciones me fui alejando como alguien que se pierde al sumergirse mar adentro: con curiosidad por ver qué más había adelante, sin un ademán extra ni un gesto ni un grito.

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