Orilla

Te espero, dijo.

Y yo, con mis pataleos
recién aprendidos,
nadé aquella alberca maratónica.

Al tocar la orilla,
dos años más tarde,
lo vi de pie a lo lejos.

Tan pronto como su mirada
me alcanzó, abrió los brazos.

Me acerqué cansada,
caminando como quien se acerca
a su salvación, pero su abrazo
nunca se cerró sobre mi cuerpo.

Aquel ademán fue el inicio
de su vuelo: al tocarme ascendió
igual que aquel Superman de la India
que con los brazos en alto
se alza en un cielo superpuesto.

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