Dolor de muelas: toda conciencia es una enfermedad

Uno, junto con su dentista, está por completo a merced de sus dientes.
Dostoievski

El gemido y la queja comparten origen. Así, cuando escuchamos a alguien quejarse del dolor, dice el hombre del subsuelo, es que está sintiendo placer: “si no gozara, no gemiría”; sin embargo, por sí solos, aquellos chillidos son tan inútiles como su dolor mismo. Todo enfermo que no se resigna a que la naturaleza nada siente ante su sufrimiento, sólo lo duplicará con la amargura del que se agarra a golpes contra los muros, pues, objetivamente, no hay culpables ni enemigos; todo lo que odia está en él mismo. La literatura, en ese sentido, es también un dolor de muelas: un largo gemido de alguien que se postra ante nosotros para demostrarnos que el sufrimiento nunca es silencioso. No obstante, por más que querramos hacer algo, apenas podremos ser espectadores. Nuestra compasión de nada sirve. Es más, con los días, mientras las quejas del enfermo aumentan de volumen, pues con el paso del tiempo el dolor no se aligera, se agudiza; el espectador se cansa del quejumbroso suponiendo un fingimiento en el escándalo creciente de su queja. De este modo, al igual que pasa en un acto sexual donde las onomatopeyas acompañadas de variaciones tonales e intensidad guían al otro en cuanto a las frecuencias de nuestro placer y tratan de provocarlo para llevarlo al mismo ritmo, y con ello manipular sus emociones a través de la compasión por las nuestras, y esto finalmente derive en un orgasmo simultáneo que no deje a nadie insatisfecho, la queja busca crear en el otro un estado anímico que se equipare al nuestro, aunque eso, por supuesto, es ficticio, pues el otro nunca conocerá bien a bien nuestros síntomas, la presión sobre nuestros órganos, los efectos de la fiebre, de la inflamación y de la enfermedad en general en nuestras funciones primarias y nuestros estados mentales. Apenas dos personas, cada una en su cuerpo, podrán sentir emociones aisladas, que sospechan a través de los sonidos que fuimos perfeccionando y a los que entregamos ingenuamente nuestra valía como humanidad. El lenguaje ha sido siempre una búsqueda por llegar al otro: el canto, el ladrido, el mugido, el rebuznar… En sus propias lenguas, los animales no están privados del placer del gemido, y mucho menos de evidenciar su dolor. Tanto en la selva como en la ciudad la queja es un modo de vida: el automovilista neurótico le pita al de enfrente para hacerlo participe de su drama (se levantó tarde, tiene deudas, le descontarán dinero) y su prisa; el merolico se acaba la voz en la estación del metro para gritar que no tiene trabajo y necesita de esos 5 pesos para poder dar de comer a su familia, el mendigo repite su pregón para contarnos acerca de la pierna que no tiene y que ignoramos al pasar junto a él, el bebé llora a gritos para informar a su madre de sus primeros cólicos, que, por supuesto, quiere que ella cure; el vecino canta a José José a todo pulmón para contarnos que lo dejaron unos días antes y así ad infinitum lo que percibimos como ruidos ambientales son muchas veces llamadas de auxilio o ganas de joder al prójimo. “¿No dejo dormir a nadie? Muy bien, manténganse despiertos, sientan a cada instante que me duelen las muelas”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close