Rastro

Decenas de hombres caminan entre el hielo.
Cuelgan a las reses destazadas, destazan y clasifican los cortes.
Por costumbre ha dejado de funcionarles el olfato.
En la mañana sus uniformes estaban limpios.
Para esta hora están cubiertos de sangre.
En las manchas puede verse la intensidad de los golpes
del cuchillo sobre la carne: diferentes tonos de rojo
indican las horas que llevan trabajando.

Mi abuela sabía cómo sacar esas manchas:
jabón de teja, polvo, almidón, sol y cloro.

Ella simpatizaba con los carniceros,
como alguien que reconoce la pureza en el fondo,
como alguien que sabe que en esa aparente violencia
habita una necesidad aún más violenta por alimentar a otros.

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