Espacio público

Oigo a los niños jugar en la calle.
Son las once de la noche.
Más allá se escucha la contienda de los gatos
en las azoteas. Esa mezcla de sonidos
no me es extraña. De pronto
todo parece serenarse:
incluso los grillos y los perros,
tanto como los objetos que descansan
del uso y del dominio.

¿Por qué debería asustarme
de que haya niños afuera?

Sus risas ignoran la hora.
Nadie los ha anestesiado con cuentos
cuyo fondo es el miedo.

Hoy dormiré tranquila. Mañana
lo único que borraremos de las banquetas
será la silueta en gis de cuerpos vivos.

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