Estambul

Estambul estaba vacía de turistas. Durante el desayuno pude darme cuenta de que yo era la única huésped en el hotel donde pasé mis dos últimas noches. En mi estancia jamás vi entrar o salir a nadie que no fuera al plomero quien, al parecer, arreglaba la tubería rota de uno de los cuartos; al par de camareras con sus uniformes azul cielo y blanco, y a otro par de hombres encargados del mantenimiento. El hotel, ubicado en Beyoğlu, en el lado europeo de la ciudad, estaba muy cerca de Taksim, de varias librerías y bares. En la planta baja había un café, el primero al que fui al llegar a la ciudad, donde dos gatos adoptaban por turnos a los clientes. Desde el desayunador, en la terraza, podía verse el Bósforo y también a la distancia una serie de las banderas rojas sacudiéndose como cabelleras o pañuelos que se pierden en el horizonte. Una de mis primeras impresiones de los turcos fue que, por más vedado que pareciera desde fuera, sabían mucho acerca del placer. Estambul es una ciudad llena de detalles y de placer. Por descuido, y como si encontrara de pronto una luz en un túnel y la siguiera sin pensarlo, llegué a mirar a los ojos a algunos hombres de los que todavía recuerdo los rostros, que todavía de vez en cuando me vienen a la mente. La mirada de los hombres era algo poderoso, porque en ella no había nada deliberadamente inocente. Su mirada era enteramente sexual. Sin embargo, ninguno de los contactos visuales que hice me dio asco. En general, a quienes llegué a mirar por algunos segundos tenían rostros hermosos, pero no un hermoso europeo, más parecido a lo angelical, sino un hermoso de Medio Oriente, más cercano a lo dionisiaco. Con frecuencia, y como mujer viajando sola, me recordaba ser más cuidadosa con la mirada. Con frecuencia, también, me reía y tintineaba los párpados para tratar de volver a mí cuando veía desfilar rostros que me eran ya desde lejos memorables. Me parecía hipnótico ver miradas limpias, que aunque tocadas en algún grado también por la miseria, no eran tristes, como pasa en las multitudes en México, donde las miradas chocan más por tristeza, lástima o empatía, que por atracción. Allí sentada mirando por los ventanales los barcos y el azul del Bósforo, probando a la vez con paciencia y sorpresa el buffet de turkish breakfast, viendo aquella mesa para mí sola, toda aquella comida para mí sola, dando sorbos a mi té negro con apenas de fondo la voz de la encargada hablando por teléfono en turco y que me llegaba más como un rumor que como una lengua al ignorarla, no pensaba en absolutamente nada sino en el placer, en que los turcos sabían del placer. Ya luego, en las caminatas observando la ciudad y a los hombres, los aparadores con dulces y pasteles o con antigüedades, mapas o cuadros de los mejores tiempos del imperio; con el olor de la carne en los asadores o del pescado recién traído a puerto, de las frutas frescas; y al observar la textura de los velos y los vestidos de las mujeres, a los gatos paseando por las calles y a los viejos tomando chai al rayo del sol, las cúpulas de las mezquitas; al escuchar el llamado a la oración del medio día en los altavoces haciendo eco en las calles, en los edificios y las casas viejas, mezclándose con los pregones de los comerciantes, de quienes anuncian la partida de los barcos, no pensaba en nada porque la ciudad comenzaba a ser en sí uno de esos hombres a los que mirabas y dejaba de existir cualquier cosa que no fuera su mirada. En Estambul el pensamiento queda anulado por las sensaciones, por la vista y los olores. En las mezquitas tampoco puedes pensar absolutamente en nada, el pensamiento sería una completa pérdida de tiempo. No puedes pensar en el significado de la oración, sino escucharla y sentir cómo te estruja el tórax, cómo comienza a arderte el pecho igual que con un enamoramiento inmediato, como si aquella voz te contagiara el amor a través del oído. En los templos los sonidos están bajo una lupa acústica, de tal modo que quisieras deshacerte de tu cuerpo para que nada de él interrumpiera ese momento sagrado, para que nada, ni siquiera tu respiración, hiciera ningún ruido.

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