Museo de la Inocencia

Una de mis novelas favoritas es el Museo de la Inocencia. Me la llevé a varios viajes, pero solo la terminé después de haber visitado el museo, una cosa que nunca pensé hacer, aunque lo deseaba desde que conocí de su existencia (terminar la novela y visitar el museo). Pero más allá de que me haya acompañado en movimientos y tedios, en semanas donde sólo éramos ella y yo, me gusta porque para el personaje principal el amor se concentra en ver la televisión junto con la mujer que ama y su familia, sin que ellos sean pareja. Eso hacen durante diez años, o poco más: ver telenovelas por la noche bebiendo té. Así define la felicidad: la repetición de una especie de inacción o, a diferencia de otros, no como los momentos en que algo se consuma, sino en esa espera para que suceda lo que sea que tenga que suceder. Mi memoria siempre me lleva al mismo sitio: a la casa donde crecí, y donde me sentaba con mis tías a ver la tele de noche; mi abuela sacaba sus cigarros, preparaba su máquina y me pedía dos favores: uno de ellos era ensartar la aguja porque ella ya no veía bien y le temblaban un poco las manos; la otra era llevarle los cerillos de la tienda para prender su cigarro. En los dos actos estaba el poner algo entre el índice y el pulgar. Uno (el hilo) para que entrara en el ojal, otro (el cerillo) para golpearlo contra la lija. Muchos podrían sorprenderse de que le dejaran encender el fuego a un niño, pero muy en el fondo aquella acción era una iniciación a la cocina. Al olor del tabaco que por ese tiempo era una de mis grandes pasiones, se sumaba el sonido del pedal de la Singer, y el de la aguja yendo y viniendo, pero también los dramas amorosos de aquellas mujeres que nunca paraban de sufrir por ser pobres o por un hombre. La tele era una especie de radio. Con la excepción de que podías mirar al personaje cuando tenía los diálogos más dramáticos. Esa costumbre de ver telenovelas a ratos sentada o a ratos haciendo alguna otra cosa me convertiría más tarde en una mala espectadora o en una espectadora inquieta y dispersa; o en una espectadora social, es decir, que sólo cuando estoy junto a otro puedo estarme un tantito en paz. Casi nunca veo películas o series, ya que implica que me quede sentada en un sitio por horas, pero por el contrario no puedo dejar de escuchar música, eso me permite ir de un lado a otro, mirar o leer, o estar en varios sitios a la vez, incluso con la memoria. Cuando fui adolescente también convertí ese amor por el olor al cigarro en una adicción, no tan fuerte, me volví fumadora ocasional. De hecho un rasgo que me gustaba a la hora de elegir pareja era que éste fuera fumador porque me sentía acompañada en ese placer. Años después dejaría el cigarro de golpe, sin pensarlo ni recordar la fecha exacta, sin llevar la cuenta de hace cuánto no fumo. También comenzó a desagradarme el humo del cigarro y me volví un poco intolerante a los fumadores, de tal modo que jamás podría volver a tener una pareja fumadora. Gran parte de esto se lo debo al cáncer, pero también a que de la nada ese gozo era un recuerdo desagradable. Füsun, una de las protagonistas del Museo de la Inocencia era fumadora, de modo que lo que abre el museo son (no recuerdo cuántas) decenas de colillas que Kemal guardó durante esos años en los que se sentaban juntos a ver la tele: todas tienen posiciones distintas, huellas y marcas de lápiz de labios en partes diferentes. A pesar de saber que todo eso era ficción, que esas colillas no las fumó el personaje sino alguien más, y estaban hechas para ser una representación de aquella ficción, no podía dejar de pensar en la locura acumuladora de Kemal y en lo loco que debía estar Pamuk para haber pensado en aquel tapiz como la entrada al museo. En toda esa casa, que está en una colonia muy gris de Estambul, permea (como pasa en las películas de Wong Kar-wai) una obsesión por el tiempo. Aquellas colillas son días y para un novelista aquellos días son universos narrativos: en otras partes se repetirán también notas (que son días) y relojes (que son días). El Museo de la Inocencia es una casa y una casa es el mejor homenaje al tiempo (detenido). Allí, dice Pamuk, cada objeto se convierte en una representación del tiempo o en una materialización del mismo, es parte de la memoria de los personajes o de los habitantes de la misma. Pamuk hace esa invitación a visitar las casas como museos: donde todo lo dispuesto nos muestra a los personajes, sus recuerdos en el espacio. En el segundo piso, en la última pared del museo hay una nota en turco: Que todos sepan que viví una vida muy feliz. Allí le pedí a un extraño que me tomara una foto. Era muy raro estar tan lejos, esta vez viendo una casa imaginada por alguien como una casa vacía ya de personajes, en donde ya sólo pervivían sus objetos. Allí me senté y volví un rato en el tiempo a la sala de la casa, yo también podría decir que para ese entonces había vivido, como Kemal, una vida feliz.

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