Todos los caminos que no llevan a casa: La cosa perdida

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Estar perdido es estar fuera de casa o del camino que lleva a ella; entendiendo como casa a aquel sitio que amamos, del que nos sentimos o somos parte. Así, pues, estar perdido es no estar o estar ausente, sea de ese propio sitio o de nosotros mismos, asumiendo también a nuestro cuerpo como nuestra propia casa: es no saber dónde estamos ni cómo encontrar el camino de vuelta, puesto que a veces tal camino ya no existe. Es por ello que la memoria, en ese proceso de búsqueda, juega un papel importante: es nuestro mapa; aun con todo, hay siempre sitios y emociones desconocidas por nosotros, espacios donde podemos sentirnos, por estas mismas razones, perdidos.

En consecuencia, cuando uno se pierde, se desconoce y al desconocerse pone en duda todo aquello de lo que creía formar parte; o bien, cuando uno pierde aquello de lo que creía formar parte…

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Escondidillas

Sabemos qué había
debajo de la cama,
pero nos fue concedido
recordar los juegos
para olvidar los monstruos;
y con sabiduría la memoria
borra detalles de la infancia.

Si escuchaba la puerta
parpadeando por la fuerza
con que se abrió de golpe,
era hora de esconderme
y repasar las posibilidades
y las sumas de los números
hasta que cesara el ruido.

Todavía ahora, si me esfuerzo,
recuerdo mis viejos escondites:
huecos y espacios en los muebles,
manteles, cortinas y las mesas.

Los de entonces eran otros
monstruos, pero no por eso
____________ más pequeños.

A esto juega quien advierte
en cada sonido una alarma:
aquel que mejor escucha
se siente siempre amenazado.

Así es el miedo, habita debajo
de las cosas, estalla a lo lejos,
llega nítido a nuestros oídos
y, con fortuna, deja de acecharte
________________si no lo tocas.

A esto juegan los insectos
que al saberse diminutos
viven debajo de las piedras,

e imitarlos: pegar a la tierra
el pecho y cubrir la cabeza,
inicia aun a los más salvajes
en la supervivencia.

Dos libros para buscarse otro lugar en el mundo: Inseparables y Rula

Liberoamérica

9788494304606Las mudanzas no son propias de los objetos; el carácter, las emociones, las ideas y las funciones son algunas otras “cosas” que también cambian de sitio, de ser y de sentido. ¿Puede estar una emoción que alguna vez estuvo en el corazón en la cabeza? ¿Puede ir un pensamiento hacia el corazón? ¿Puede ir el corazón hacia la mano? ¿Puede latir la mano? ¿Pueden sentir los pies lo que siente el cuero cabelludo? ¿Pueden los pies encargarle sus sentimientos y su peso a los zapatos? ¿Pueden los zapatos transportar esos sentimientos a otros pies, si es que son otros quienes se los ponen? ¿Pueden los zapatos buscarse un camino propio, por separado? ¿Puede romperse una regla y comenzar así un nuevo orden en el mundo, al menos para alguien?

Hay dos libros en los que la escritora Mar Pavón y la ilustradora María Girón, ambas catalanas, han trabajado juntas: Inseparables

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Cancerófoba

Como los hombres que he amado
un día te volverás en mi contra,
me desconocerás desde dentro
y me verás como un enemigo.

Lucharás contra mí a diario,
y tratarás de ganar una batalla
donde al enfrentarse se confunden
los soldados de ambos ejércitos.

Pero no sé si quiera luchar contra ti,
no sé si, después de haber visto
que se ganan apenas unas horas
para agonizar hasta la demencia,
quiera seguir intentando una tregua.

No sé si entonces te amaré tanto
a ti, a una casa o al sufrimiento
para aferrarme a quien al darme vida
me traiciona desde mi nacimiento.

13

Oxígeno

Algo había en el fuego que sedaba su ánimo. Era la seguridad de que al iniciarlo se había vencido un día más al hambre y la costumbre de liberar la rabia haciendo arder los leños hasta la ceniza. Prometeo lo robó para ti, dije, pero ella no creyó nunca en la generosidad de los hombres. Cuando el enfisema le prohibió usar aquella estufa, concentró en el tabaco su piromanía. Algo había en el fuego que si se lo llevaba a la boca y escupía con placer el humo, los gritos dejaban de ser su lenguaje. Prometeo lo robó para mí, habrá resuelto el día en que al detectarle el cáncer la condenaron a no volver a encender un cigarro. Entonces buscaba a diario algún cómplice que robara otra vez el fuego, sin importar que fuese ella misma quien, después de arrancarse la máscara de oxígeno para calar nuevamente el humo, recibiera el castigo de ser picoteada por un dolor más bravo que las águilas.

*

Diagnóstico

Protegido por su bata blanquísima, el médico me ausculta: pregunta cómo es mi dolor, hace cuánto lo siento y si hay en mi familia antecedentes de enfermedades hereditarias dos generaciones antes que la mía. A lo primero contesto que es un ardor que se presenta de forma intermitente en la boca del estómago desde hace un par de días; a lo otro, que el cáncer ha matado a las mujeres de mi familia. Tras la revisión anota con trazos decididos mi nombre, mi edad y sus conclusiones. Al salir del consultorio e intentar descifrar su letra pienso que es una ironía que la facilidad para interpretar los signos y la preocupación por el padecimiento hayan convertido en poetas a varios médicos, quienes de la profesión al oficio supieron que el diagnóstico debe considerar al dolor como una antropología más allá del cuerpo.

 *

El llanto de un conejo no se olvida nunca

El hombre vino a sacrificar,
como lo hacía cada temporada,
a los que ya no podíamos mantener.

Mientras lo desollaban,
uno despertó de la muerte
lanzando un chillido que penetró
eternamente en nosotros.

Contaremos esta historia
por generaciones: hijo,
deja de llamar ‘cangrejo’ al cáncer,
esa enfermedad tiene el poder
de un conejo, es incontrolable
cuando se reproduce.

Acepta tu sangre y sus maldiciones,
y si te llega la hora,
agacha la cabeza, descúbrete la nuca
e igual que lo hicieron para alimentarte
estos míticos animales
–ruega porque sea el único–,
recibe con dignidad el golpe.

 

Ruido de fondo

Frente a una máquina, mi hermano
pasa el día falsificando dentaduras,
y así, rendido al ruido, cumplirá
su deseo: algún día quedará sordo.

El zumbido de los motores
ha sido su música de fondo;
los hombres suelen protegerse
en el estruendo y la sordera.

Hay que recordar los templos
donde las mujeres se arrodillan
para hablar en voz baja por horas,
y llenan de dinero los canastos
con tal de que un hombre las oiga.