Escondidillas

Sabemos qué había
debajo de la cama,
pero nos fue concedido
recordar los juegos
para olvidar los monstruos;
y con sabiduría la memoria
borra detalles de la infancia.

Si escuchaba la puerta
parpadeando por la fuerza
con que se abrió de golpe,
era hora de esconderme
y repasar las posibilidades
y las sumas de los números
hasta que cesara el ruido.

Todavía ahora, si me esfuerzo,
recuerdo mis viejos escondites:
huecos y espacios en los muebles,
manteles, cortinas y las mesas.

Los de entonces eran otros
monstruos, pero no por eso
____________ más pequeños.

A esto juega quien advierte
en cada sonido una alarma:
aquel que mejor escucha
se siente siempre amenazado.

Así es el miedo, habita debajo
de las cosas, estalla a lo lejos,
llega nítido a nuestros oídos
y, con fortuna, deja de acecharte
________________si no lo tocas.

A esto juegan los insectos
que al saberse diminutos
viven debajo de las piedras,

e imitarlos: pegar a la tierra
el pecho y cubrir la cabeza,
inicia aun a los más salvajes
en la supervivencia.

Cancerófoba

Como los hombres que he amado
un día te volverás en mi contra,
me desconocerás desde dentro
y me verás como un enemigo.

Lucharás contra mí a diario,
y tratarás de ganar una batalla
donde al enfrentarse se confunden
los soldados de ambos ejércitos.

Pero no sé si quiera luchar contra ti,
no sé si, después de haber visto
que se ganan apenas unas horas
para agonizar hasta la demencia,
quiera seguir intentando una tregua.

No sé si entonces te amaré tanto
a ti, a una casa o al sufrimiento
para aferrarme a quien al darme vida
me traiciona desde mi nacimiento.

13

Oxígeno

Algo había en el fuego que sedaba su ánimo. Era la seguridad de que al iniciarlo se había vencido un día más al hambre y la costumbre de liberar la rabia haciendo arder los leños hasta la ceniza. Prometeo lo robó para ti, dije, pero ella no creyó nunca en la generosidad de los hombres. Cuando el enfisema le prohibió usar aquella estufa, concentró en el tabaco su piromanía. Algo había en el fuego que si se lo llevaba a la boca y escupía con placer el humo, los gritos dejaban de ser su lenguaje. Prometeo lo robó para mí, habrá resuelto el día en que al detectarle el cáncer la condenaron a no volver a encender un cigarro. Entonces buscaba a diario algún cómplice que robara otra vez el fuego, sin importar que fuese ella misma quien, después de arrancarse la máscara de oxígeno para calar nuevamente el humo, recibiera el castigo de ser picoteada por un dolor más bravo que las águilas.

*

Diagnóstico

Protegido por su bata blanquísima, el médico me ausculta: pregunta cómo es mi dolor, hace cuánto lo siento y si hay en mi familia antecedentes de enfermedades hereditarias dos generaciones antes que la mía. A lo primero contesto que es un ardor que se presenta de forma intermitente en la boca del estómago desde hace un par de días; a lo otro, que el cáncer ha matado a las mujeres de mi familia. Tras la revisión anota con trazos decididos mi nombre, mi edad y sus conclusiones. Al salir del consultorio e intentar descifrar su letra pienso que es una ironía que la facilidad para interpretar los signos y la preocupación por el padecimiento hayan convertido en poetas a varios médicos, quienes de la profesión al oficio supieron que el diagnóstico debe considerar al dolor como una antropología más allá del cuerpo.

 *

El llanto de un conejo no se olvida nunca

El hombre vino a sacrificar,
como lo hacía cada temporada,
a los que ya no podíamos mantener.

Mientras lo desollaban,
uno despertó de la muerte
lanzando un chillido que penetró
eternamente en nosotros.

Contaremos esta historia
por generaciones: hijo,
deja de llamar ‘cangrejo’ al cáncer,
esa enfermedad tiene el poder
de un conejo, es incontrolable
cuando se reproduce.

Acepta tu sangre y sus maldiciones,
y si te llega la hora,
agacha la cabeza, descúbrete la nuca
e igual que lo hicieron para alimentarte
estos míticos animales
–ruega porque sea el único–,
recibe con dignidad el golpe.

 

Ruido de fondo

Frente a una máquina, mi hermano
pasa el día falsificando dentaduras,
y así, rendido al ruido, cumplirá
su deseo: algún día quedará sordo.

El zumbido de los motores
ha sido su música de fondo;
los hombres suelen protegerse
en el estruendo y la sordera.

Hay que recordar los templos
donde las mujeres se arrodillan
para hablar en voz baja por horas,
y llenan de dinero los canastos
con tal de que un hombre las oiga.

Carnicería

A los pies de los carniceros
la pureza de la sangre
confundida con el agua
y la mugre ya no importaba.

Cuando no teníamos nada
qué sacrificar, sorteando los charcos,
recorríamos los pasillos del mercado
con una bolsa colgada en cada brazo.

Echábamos una mirada rápida
a los miembros fuera de sus cuerpos,
a las cabezas y las hierbas recién cortadas,
hasta que, después de una larga búsqueda,
parábamos en un cuarto
donde reclamábamos entre los gritos
de otras mujeres, a gritos,
alguno de esos cadáveres como nuestro.

El llanto de un conejo no se olvida nunca

Elegían a los maduros y los enfermos
cada que las jaulas no eran suficientes.
Metían a cerca de veinte en costales
y uno a uno los mataban de un golpe.

Pocas veces como ésas abundaba así
la carne, no sólo en los corrales,
sino en el refrigerador y la mesa,
pero sólo algunos de nosotros comían.

Pues:

  1. Históricamente recibimos la abundancia con tristeza.
  2. Ya entonces la relación afectiva con los animales,
    nos hacía cuestionar la naturaleza violenta del hambre.

Dos poemas de Ifti Nasim

Poema

Nadie llamaba a mi puerta,
mis gatos esperaban en la entrada,
escuchando transitar los pasos,
los niños tocaban la puerta
del departamento de enfrente.
Truco o trato, truco o trato.
Mi frasco de monedas, lleno de centavos,
lucía tan vacío.
¿Qué pasó? ¿Quién me tendió
estos juegos sucios?
Treinta y un años como ciudadano ejemplar
y aún sigo siendo un extranjero, un extranjero
con una cara bruta y los rasgos
de un terrorista. Mi color, dos tonos
más oscuro que el de un hombre blanco promedio,
ya no es tolerado.
Mi color café con leche,
del que alguna vez me sentí orgulloso,
es ahora un sentimiento de culpa.
Mi etnia se ha convertido en un crimen.

Las calles salvajes de Chicago se han vuelto aún más salvajes.
¡Regresa a tu país, regresa a tu país!,
me gritan.
Soy un ciudadano americano
sin país.
En aeropuertos, estaciones, centros comerciales,
escuelas y hospitales, a donde quiera que voy,
soy observado y escudriñado.
Anhelo la libertad por la que vine aquí,
pero ahora mismo soy peor que un esclavo.
Estoy cansado, cansado. Me siento como Rosa Parks
y no hay ningún autobús para mí.
Porque no sólo soy dos tonos más oscuro
que un hombre blanco promedio,
también soy musulmán.

 

*

 

Padre mío

Padre mío,
todos dicen
que mi apariencia
se asemeja a la tuya.

Mis ojos
mi frente
mis labios
mi acento
la manera en que hablo
en que espero
la forma en que camino;
el movimiento de mis manos,
todos son únicamente como los tuyos.

He escuchado que el hijo
es el heredero del linaje de su padre.

Una pregunta viene a mi mente.
Si soy exactamente como tú,
entonces, ¿por qué mi preferencia sexual
es tan diferente de la tuya?

 


Encontré por casualidad estos poemas del escritor de origen pakistaní Ifti Nasim (1946-2011) traducidos al inglés por Syed Raza. Me parecieron impresionantes, así que la traducción al español que pego aquí nació como una reacción (con varias licencias) inmediata a mi lectura y un deseo por compartir la lectura de estos textos.