Archivo de la categoría: Poesía

Suma

para A.

Antes de llevarse algo
a la boca, lo multiplica:
pan, fruta, vegetal y agua.
La división todo suma.

No existen extremos
en la mesa o en la cama,
vigilia y sueño se comparten;

y por primera vez ante la belleza
he dejado de ser una ostra que sólo
a golpes es capaz de mostrarse.

La historia del cuchillo

Comienza en el extremo de una rama
con una piedra contra otra, en el fuego;

aunque otros dicen que fueron primero
los dientes y por extensión los huesos.

La Biblia no cuenta el procedimiento
con el que Dios le quitó a Adán la costilla,
pero en agua y barro está la semejanza.

Luego, el metal se hermanó a la piedra
y crecida la punta, el mango habló
de la cercanía de la carne a la mano,
del alcance al que se tenía ya la cosecha.

El llanto de un conejo no se olvida nunca (libro para descargar)

En este poemario recupero parte del trabajo de cinco años. Lo que sobrevivió es realmente poco en comparación con la producción de ese periodo de tiempo. Comencé a trabajar en forma los poemas que conformarían este “proyecto”, que tenía en principio la intención de ser un libro cuyo motivo sería cáncer, en 2013 en la Fundación para las Letras Mexicanas. Fue allí, durante el desarrollo, que surgieron preocupaciones comunes que pueden observarse en los poemas y cuya unidad puede ser cuestionable. Esta edición, que no es más que un documento en pdf que hace más fácil e inmediata la lectura del trabajo que cuento, la he hecho pensando en que su “publicación” ha de dejarme espacio para lo que sigo trabajando.

Ojalá que lo disfruten, lo compartan, lo critiquen y lo hagan parte de su biblioteca con el mismo aprecio con que lo cuelgo para su libre lectura.

Un abrazo,

Patricia 

Descargar: El llanto del conejo no se olvida nunca_Patricia Arredondo

Ciclo

Daría más importancia a la sangre,
pero me lo explicaron brevemente:
Vas a sangrar y no debe doler tanto.

Aquella primera mancha, por suerte,
vino con instrucciones muy precisas.

No hubo fiestas ni señales de alarma,
apenas otras manchas fuera de sitio
algunas veces y dolores intermitentes.

En cambio, otras lloraban en los baños
entumecidas por los cólicos, aterradas
de lo irregulares que eran sus ciclos.

Aprendí pronto a llevar dos calendarios:
mi cuerpo es muy puntual en sus procesos,
un reloj que nunca ha necesitado cuerda.

Sin embargo, últimamente algo duele,
como un foco de ambulancia que no gira
ni hace ruido ni estorba a los durmientes.

Creo que algo tiene que ver con la sangre,
o con un ciclo que todavía no he cerrado:
el de un hombre que vino y me pisó la matriz,
porque tú eres muy fuerte y vas a recuperarte.

Esta parte de mi vida ya algunos la saben:
siempre he sido muy compasiva con los cerdos;

y sigo funcionando, igual que una manecilla
que es empujada por el tiempo hacia adelante.

Aun así sé que esa molestia se apagará algún día:
y dará también de vueltas hasta devolver al inodoro
aquella transparencia propia del agua limpia.

Frágil

Al fondo del cajón
de la esquina
del mueble que no abre
nadie nunca,
envueltos como algo
demasiado frágil
guarda los cuchillos
y se hace la sorda
cuando oye el agudo
silbido del afilador.

Antes de mostrarnos
su existencia, nos hizo
examinar las frutas,
nos enseñó a usar la uña
(recortada siempre a ras)
para quitar las cáscaras,
y que los labios fueron
primero que los dientes,

(será así que el amante
te hará sentir mamífero).

Acostúmbrate
a las manos vacías:
Dios mojó de nuevo el barro
cuando quiso quitarle
a Adán una costilla;
ninguna piedra, hueso,
punta o metal hizo falta,
y aquí tampoco lo hace.

Ella conoce la naturaleza
humana más que nosotros,
por eso aún mantiene lejos
aquello que podría herirnos.

Con las manos dispuestas
me siento siempre a la mesa.
Ahí verán, si la comparten,
que nunca soy más torpe
que cuando debo sostener
—por protocolo—
un cuchillo con firmeza.

Orilla

Te espero, dijo.

Y yo, con mis pataleos
recién aprendidos,
nadé aquella alberca maratónica.

Al tocar la orilla,
dos años más tarde,
lo vi de pie a lo lejos.

Tan pronto como su mirada
me alcanzó, abrió los brazos.

Me acerqué cansada,
caminando como quien se acerca
a su salvación, pero su abrazo
nunca se cerró sobre mi cuerpo.

Aquel ademán fue el inicio
de su vuelo: al tocarme ascendió
igual que aquel Superman de la India
que con los brazos en alto
se alza en un cielo superpuesto.

Cuatro poemas

Cráneo

a mi nana

Exhumaron tus restos
frente a nosotros: una bolsa negra
en la que vi tu cráneo,
colgaban de él todavía unos cabellos.

Al verlo recordé los últimos días.
Me pedías que te cepillara el pelo
y lo peinara como siempre: una coleta
en la corona de la cabeza.

Desde entonces la enfermedad
ya hacía transparente su forma,
tanto que al mirarlo de nuevo
no dudé: ése era tu esqueleto.

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